portada_papa1En su última audiencia pública, Benedicto XVI aclaró que su decisión de renunciar al pontificado no significa bajarse de la cruz ni regresar a una vida privada, pues cuando aceptó ser Papa en 2005 sabía que iba a servir a la Iglesia para siempre.

En un largo discurso de adiós, pronunciado ante más de 150 mil personas en la Plaza de San Pedro, el obispo de Roma reconoció que a lo largo de sus casi ocho años de papado tuvo mo- mentos positivos pero también afrontó tempestades.

“El siempre es también un para siempre, no existe más un regresar a la vida privada. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto. No regreso a una vida de viajes, encuentros, recepciones y conferencias”, explicó.

“No abandono la cruz, sino que permanezco en modo nuevo adherido al crucifijo. No tendré más la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, pero en el servicio de la oración me quedo, por así decir, en el recinto de San Pedro”, agregó.

El Papa sabía el gran impacto de su renuncia

En su discurso, interrumpido en varias ocasiones por los aplausos de los feligreses, reconoció que en los últimos meses sintió que sus fuerzas habían disminuido y pidió a Dios con insistencia la luz para hacerle tomar la decisión más justa no por su bien, sino por el bien de la Iglesia, amplió Notimex.

Aclaró que dio ese paso en la plena conciencia de su gravedad y también de su novedad, pero con una “profunda serenidad de ánimo”.

Agregó que amar a la Iglesia significa también tener la valentía de tomar decisiones difíciles, sufridas, poniendo siempre en primer lugar el bien de la Iglesia y no el propio.

Recordó que al momento de su elección aceptó sabiendo que su decisión tenía una enorme gravedad porque, desde entonces, quedaría empeñado con Dios siempre y para siempre.

“Quien asume el ministerio petrino no tiene más alguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida, por así decir, es quitada la dimensión privada”, estableció.

Pero dijo haber experimentado que se recibe vida cuando se dona la propia, y el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo.