Atraídos por anuncios como éste, apenas fueron una gota en el mar humano que llegó a Norteamérica hace un siglo, por lo que su rastro casi desapareció.

«Nada detiene la constante huida de españoles a otras tierras: ni las duras condiciones de trabajo, ni los terribles desengaños de millares de desgraciados. La injusticia y la miseria que aquí padecen aterran más que todas las negruras que fuera les aguardan». La España de 1914 que se perfila en este texto de ‘El Correo’ de Madrid no es la España de hoy, pero la historia es conocida, por mucho que los conceptos contemporáneos de «injusticia» y «miseria» den para varios debates. Igual que hoy, miles de personas se vieron forzadas a abandonar el país y probar suerte en otros lugares. La mayoría viajaron a México, Argentina, Venezuela, Cuba o algún otro territorio de las antiguas colonias españolas en América. Unos pocos probaron suerte en Estados Unidos entre finales del siglo XIX y principios del XX, pero su escaso número (en proporción a otros flujos migratorios, como los de irlandeses, italianos o mexicanos) y la imposibilidad de volver a España tras la Guerra Civil diluyeron sus huellas y aceleraron su asimilación en la cultura estadounidense. Se convirtieron en inmigrantes invisibles.

Para dar visibilidad al legado y las historias de esos españoles que viajaron a la ‘tierra de las oportunidades’, los investigadores James D. Fernández y Luis Argeo acaban de publicar ‘Inmigrantes invisibles. Españoles en los Estados Unidos: 1868-1945’, un libro que recoge 350 fotografías personales, documentos, carteles y recortes de prensa de los españoles en EEUU desde antes del desastre del 98 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fernández y Argeo no son ajenos a este trayecto transatlántico. El primero, catedrático de Literatura y Cultura españolas de la New York University, es descendiente de asturianos. Argeo, por su parte, proviene del concejo asturiano de Castrillón, muchos de cuyos habitantes dejaron la planta de zinc de Arnao para trabajar en otras de Pensilvania o Virginia Occidental, como documentó en su documental ‘AsturianUS’.

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«Llevamos años trabajando en la recopilación de fotos y documentos relacionados con la diáspora española en los Estados Unidos, la de hace un siglo», explica Argeo. «Hemos viajado por diferentes estados, desde Nueva York a California, pasando por Nueva Jersey, Florida, Ohio… También hemos recopilado algunas fotos en España. Nuestra idea pasa por crear el gran archivo ‘online’ de la emigración española en aquel país, la de los obreros y campesinos que abandonaron su tierra mientras lo hacían también otros europeos. Y para ello estamos también entrevistando a los descendientes y parientes de aquellos emigrantes, realizando películas documentales, organizando charlas, conferencias y clases en universidades, también exposiciones…».

«De repente», prosigue Argeo, «nos dimos cuenta de que casi habíamos alcanzado la cifra de 7.000 fotografías digitalizadas y, como complemento a todo lo que llevábamos trabajado, decidimos poner en marcha una campaña de ‘crowdfunding’ y autopublicar este magnífico libro, hecho a partir de álbumes familiares encontrados en las diversas casas que hemos visitado». Para el coautor del volumen, «la campaña fue todo un éxito, y el libro no pudo haber salido mejor». Un libro fotográfico es, según él, «una buena forma de preservar el legado visual de aquellos emigrantes, y de rendirles homenaje. Y algunas imágenes son antológicas», añade.

El libro sigue la peripecia de los inmigrantes, desde las difíciles condiciones de vida de sus provincias de origen al largo viaje en barco, la búsqueda de un trabajo en EEUU y, una vez conseguido, el asentamiento, las actividades sociales y el recuerdo de la madre patria a través de asociaciones y tradiciones mantenidas, como lasligas de pelotaris de Nueva York o del juego de la llave en San Luis. También se explica cómo este viaje al Oeste estuvo orientado a unas zonas determinadas. Así, muchos viajaron a Hawai a trabajar cortando caña de azúcar, aunque las duras condiciones hicieron que la mayor parte de ellos fuesen reubicados en California. En los estados de las Montañas Rocosas, como Idaho y Nevada, se establecieron vascos y leoneses como pastores de ganado lanar. La manufactura de tabaco en Tampa (Florida) pasó a estar controlada por españoles. Y las zonas mineras y fabriles de los Apalaches acogieron a un buen número de asturianos, sobre todo en el sector del zinc. Nueva York, en cuanto puerta de entrada de los españoles al país, vio cómo florecían los negocios de hoteles y negocios destinados a acoger a los recién llegados en los primeros pasos de su nueva vida.

A partir de esos datos históricos, el libro se detiene en lo personal. Un proceso que tiene su metahistoria, como explica Fernández. «Para mí, el principal descubrimiento ha sido darnos cuenta de la fragilidad, la precariedad, de la historia, de las historias. Estamos trabajando con archivos personales, familiares, porque son las mejores fuentes para poder reconstruir el fenómeno de las decenas de miles de españoles que emigraron a EEUU. A pesar de que estos archivos documentan un acontecimiento histórico de hace tan sólo un siglo, siempre tenemos la sensación de que, como nos descuidemos un poco, esta historia se perderá para siempre».

El investigador relata que, cuando hacen trabajo de campo, «si tenemos suerte, pillamos a los hijos de los descendientes; estos suelen tener ya 80 o 90 años, suelen conservar con esmero las cosas de sus padres, y, en algunos casos, poseen las claves interpretativas mínimas para descifrar una foto, su fecha, el lugar, la ocasión, los personajes, etcétera». Si llegan un poco más tarde a esa misma familia y les reciben los nietos, «ese archivo estará acaso un poco peor cuidado. Igual, entre mudanza y mudanza, los nietos se han deshecho de, por ejemplo, los recortes de periódico -en una lengua desconocida- que habían guardado sus abuelos, y unas fotos de gente desconocida. Y desde luego, poseen menos claves interpretativas, y acaso manejan una visión un tanto folklórica de lo español». Y si son ya los bisnietos de los inmigrantes los encargados de custodiar el archivo familiar, «muchas veces sentimos que ese archivo está a un paso del mercadillo o del vertedero de basuras…». Para Argeo, «las fotos necesitan pies de foto, y cuando nadie sabe darlos, esas fotos se quedan huérfanas, desvalidas… Lo mismo le pasa a una sociedad cuando nadie se preocupa por su Historia. A mí me fascina la cantidad de información y claves interpretativas que se pueden extraer a partir de una simple fotografía familiar».

Aunque ambos reconocen que el relato que se cuenta en el libro es un toma y daca entre hipótesis/ideas preconcebidas y datos, ambos coinciden en la importancia de la invisibilidad para crear la narrativa de este proyecto. «Son inmigrantes invisibles al comienzo del proceso porque, en comparación con otros grupos -irlandeses, italianos, polacos- los inmigrantes españoles en EEUU son una gota en un mar enorme. Son inmigrantes invisibles al final del proceso porque las vicisitudes de la historia -sobre todo, la imposibilidad de volver a España tras la Guerra Civil- les impulsaron a asimilarse a la sociedad estadounidense, y volverse casi invisibles, por lo menos como colectivo», explica Fernández. «Y son fotos invisibles porque pertenecen a un ámbito privado, familiar, con grave riesgo de extinción. Cuando acaban metidas en esas cajas o álbumes que ya nadie reconoce, con los años se deterioran y al tiempo caen en ese estado de invisibilidad», añade Argeo.

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A partir de estas premisas, Fernández apunta las principales peculiaridades de este éxodo español. «La primera sería sus dimensiones, la escala. En el caso de países como Italia e Irlanda, estamos hablando de millones de emigrantes que vinieron a establecerse en EEUU en el siglo XIX y principios del XX. Los españoles también emigraron por millones en esa misma época, pero la gran mayoría tuvo como destino algún punto de la América de habla hispana. Son decenas de miles los que llegan a Estados Unidos, que son cifras considerables, pero pequeñas si las comparamos con otras nacionalidades como las dos mencionadas. Con italianos e irlandeses hubo una masa crítica que les permitió dejar una huella más marcada en la cultura estadounidense». Otro rasgo sería que «la llegada de los españoles a EEUU coincide con la llegada mucho más nutrida de hispanohablantes de otros países: Puerto Rico, Cuba y México, por ejemplo. La coexistencia de españoles y puertorriqueños en Nueva York, españoles y cubanos en Tampa, españoles y mexicanos en California, por ejemplo, genera situaciones y experiencias muy interesantes y muy específicas».

 

Fotos credito:www.elmundo.es