«EL QUE NO ARRIESGA, NO GANA»

Creer infinitamente que la ‘buena suerte’ está de tu parte,  escoger el “mejor”, boleto entre todos los existentes, tener fe en que el seleccionado te va a dar una gran sorpresa y contar con unos dólares en tu bolsillo, son los principales elementos que deben existir para que te decidas a jugar al “Raspadito” y ganar.

¿Por qué no arriesgar un dólar?, ¡qué es un dólar!, lo gastas en cualquier cosa, o mejor $5 dólares. Es más, no tengas miedo, y que si es un poco más y juegas esos  $30 dólares que traes en tu cartera, porque “él que no arriesga, no gana”, esa es tu frase preferida.

Comienza el juego. Empieza a fluir la adrenalina en todo tu cuerpo. Ansiedad, expectativa, curiosidad, algo de miedo, pero no, el miedo lo haces a un lado, y lo sustituyes con frases como: “tengo buena suerte”, “voy a ganar”, “aquí hay mucho dinero”.

Te concentras en esos números que deben de hacer “match”, y que te pueden hacer ganar hasta 5 millones de dólares, ¿por qué no? Sigues raspando, ves un número y otro. ¿Te imaginas todo lo que podrías hacer con ese dinero?

Lo primero, dejarías de trabajar. Segundo, comprarías una casa en efectivo. Ya no más deudas. Tercero, viajarías a todo el mundo, a esos lugares que siempre has soñado conocer y que por falta de tiempo y dinero no lo has podido hacer.  Y por último darías una buena parte de dinero a obras de caridad, desde luego.

Continúas tu juego. Comparas tus números una y otra vez. Te falta raspar ya los últimos tres de la última línea. Y de repente ves el 63. ¿Qué? Diriges rápidamente tu mirada, como rayo a la línea superior y estás viendo el mismo 63. Tus ojos se abren aún más. Te fijas en la cantidad.  Ves claramente la suma de $100,000 dólares. ¡Has ganado! ¡Por fin has ganado, y vaya cantidad!

Tu corazón se acelera aún más. En tu mente se enredan tus ideas. No sabes qué hacer, decírselo a la persona más cercana, o mantenerte callado y pensar exactamente lo que debes hacer para reclamar ese dinero. «¿Qué debo hacer?», te sigues preguntando. Tratas de tranquilizarte.  Ves la hora en tu celular. Es martes, y son las 4:30 de la tarde. ¡Qué gran día! Pero, ¡espera un momento! ¿No es este el día y la hora en que tienes tu cita con el oculista?