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La mancha en el suelo desvela el lugar exacto donde acabó la pesadilla. Allí cayó abatido en la madrugada del domingo Omar El Hussein. Antes había matado a dos hombres y herido a cinco. A solo unos cientos de metros está la casa donde el joven danés, de origen palestino, visitó a unos amigos horas antes de su muerte. Estamos en el barrio de Norrebro, uno de los más mezclados de Copenhague, con una gran presencia de la comunidad musulmana. Frente a lo habitual en el resto del país, aquí las reacciones al ataque más importante sufrido por Dinamarca en décadas no son unánimes.

Justo al lado del rastro de sangre se encuentra Adnan Avdic. Él no cree que El Hussein sea el responsable de la tragedia. “El verdadero culpable es el dibujante que nos humilló a todos los musulmanes con sus caricaturas de Mahoma”, dice este bosnio que vive en Dinamarca desde los años noventa. ¿Y el que disparó a sangre fría a dos inocentes no tiene ninguna responsabilidad? “Hizo lo que consideró oportuno”, se limita a responder. No es el único de los consultados que sostiene ideas parecidas. “Bromear sobre el Holocausto está castigado, y me parece bien. ¿Pero por qué no pasa lo mismo si te ríes del islam?”, concluye.

Una opinión completamente distinta tiene Mohamed, estudiante de ingeniería que llegó a Dinamarca procedente de Irak hace una década. Como la mayoría de musulmanes, considera ofensivos los dibujos del profeta publicados en medios de comunicación europeos, pero no por ello justifica los actos de terrorismo. “Conozco gente de por aquí que opina que El Hussein hizo lo correcto, pero yo creo que eso solo lo dicen los más ignorantes. Para mí es evidente que si vienes a un país tienes que respetar sus normas. Si no, vete a otro”, responde mientras ejerce de anfitrión enseñando el barrio al forastero. Frente a los discursos equidistantes que pueden oírse por la calle, las organizaciones musulmanas del país han condenado sin matices el doble ataque.

Los ramos de flores llenan estos días el centro cultural y la sinagogadonde murieron dos personas. Pero el homenaje no se ha dedicado solo a las víctimas. En el lugar donde murió el presunto asesino también han aparecido ramos, que más tarde han sido retirados por amigos por considerar que, según la tradición musulmana, las flores son para las bodas, no para los funerales. El miércoles, nada identificaba el lugar donde la policía abatió a El Hussein.

Por las calles de Norrebro conviven mujeres cubiertas con chador conhipsters en bicicleta. Pero el porcentaje de extranjeros se dispara en los edificios de protección oficial Mjolnerparken. La administración de estos bloques se ha visto obligada a emitir una nota desmintiendo la información publicada por varios medios de que allí hubiera vivido El Hussein. Más que las hordas de periodistas preguntando por el presunto doble asesino, a los firmantes de la carta les preocupa el deterioro de la buena convivencia lograda en los últimos años.

“Antes había mucha criminalidad, pero la situación ha mejorado muchísimo. Aquí nos ayudamos los unos a los otros. Ya sea porque te has quedado sin huevos o para pedir a un vecino que vaya a buscar a tu hijo al jardín de infancia”, sostiene mientras se fuma un cigarrillo frente a su casa Emelie Hansson, una de las pocas personas de origen danés que vive en este edificio de ladrillos rojos. “Cuando me trasladé aquí a muchos les pareció raro, pero yo no puedo imaginar un sitio mejor para vivir”, añade.